Escribe Juan Carlos Castillo… ¡Cuando al campo le va bien!

Cuando cursaba la primaria y previo a la típica producción literaria denominada “La vaca”, aprendíamos las primeras nociones de materia prima y productos elaborados.
Así entendíamos que Argentina producía mayormente los primeros, se enviaban al exterior y de allí venían los productos ya elaborados que necesariamente adquiríamos.
Rozábamos aquello de que había que acumular muchas materias primas para poder adquirir un solo producto elaborado luego por otros países. La síntesis giraba en torno a que era perjudicial para nuestro país vender cereales, carne, leche cueros y minerales porque el costo de la mercadería que con esos productos los extranjeros elaboraban y volvían, era altísimo: esa maestra nos enseñaba sobre la necesidad de poseer fábricas para poder crecer como país.
Muchos años después –muchísimos- en una conferencia dada en Olavarría por José Pablo Feinmann abordó esta problemática desde otra perspectiva. Afirmó que el Gran País del Norte definió su perfil durante la guerra de secesión culminada en 1865 cuando el norte industrialista y progresista necesitaba expandir sus fronteras a través del ferrocarril que debía pasar por tierras del sur agrícola y conservador.
Ese conflicto de intereses desató una guerra de cinco años que definió que el rol de Estados Unidos como país, fuera de perfil fuertemente industrialista.
Hay una escena en la película “Lo que el viento se llevó” que aborda esta cuestión.
Lo cierto es que ese sur, a pesar de sus fortunas destinadas a comprar las mejores armas en el exterior, no pudieron resistir el avance de un norte que poseía sus propias industrias para fabricar esas y otras armas. Y ahí Estados Unidos definió su perfil industrial.
Argentina no tuvo su guerra de secesión. Opina el filósofo: “A diferencia de los Estados Unidos, en la Argentina ganó el Sur. Las oligarquías criollas lograron imponer una economía basada en el monocultivo, los grandes latifundios y la abundancia fácil”.
En pleno siglo XXI desde el propio gobierno se insiste en creer a través de acciones concretas que las cosechas del fértil campo argentino –sin dejar de mencionar al imprescindible señor Monsanto- o una producción explosiva de carne vacuna, va a sostener que Argentina desarrolle potencialidades y se convierta en un gran país. Pero lo cierto es que hasta mediados del siglo XIX la base de un país progresista fueron sus materias primas, ya en el siglo XX los países más avanzados poseían industrias livianas y pesadas pujantes, y en el siglo XXI ningún país que no pueda desarrollar tecnología puede ser considerado verdaderamente desarrollado.
Toda esta introducción a modo de tesis bastante mediocre por cierto, tiene su correlato actual cuando se afirma con un convencimiento talibán pero con escasa base de sustentación “cuando anda bien el campo, todos andamos bien”.
En La Madrid donde más del 60% de la tierra es de personas que viven en Azul o Capital Federal (así era durante principio de este siglo al estimar domicilios de tasa vial y no creo que la ecuación haya cambiado demasiado), no hay manera de derrame de riqueza, aunque fuese cierta esa idea.
Y no es muy diferente en cualquier pueblo del interior bonaerense. Porque de ser cierta, en épocas de bonanzas rurales, nuestros pueblos podrían haberse apuntado como verdaderos polos de desarrollo, por lo menos desde lo laboral. Y nunca, jamás ocurrió tal deseo.
Quedó en eso. Y no es que carezca de importancia, no, de ninguna manera, tiene un rol importante, pero no es fundamental para el desarrollo del país en este siglo XXI, es una idea que atrasa más allá de la revolución industrial.
¿Y por qué plantear esta discusión?
Simplemente porque el sentido común es una construcción y no una estructura lógica inamovible. Y porque somos amigos de repetir frases contribuyendo sin saberlo a la construcción de los sentidos comunes en boga.
Sin embargo es posible discutirlo. Es más, en las manifestaciones populares aparecen esas rupturas, y que lo diga el gran Atahualpa quien no anduvo con vueltas cuando disparó aquello de que “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”.

* Juan Carlos Castillo. Lamatritense radicado en la vecina ciudad de Laprida. Docente, escritor, futbolista goleador. Y además es amigo…

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