Todo está guardado en la memoria…

Colabora desde Mar del Plata, Fabio “Mono” Herrera. Casi todo el pueblo estaba al costado de la vía desde las 9 de la noche. El tren pasó, retrasado, a las 3 y media de la mañana, acaso porque el horror casi siempre se retrasa y esgrime segundos a favor de un destello lúcido que muchas veces no acude y que esa noche no llegó.
Mi mamá había juntado lo poco que teníamos en el asiento de atrás del Fiat 600 celeste: pan, arroz, bizcochuelo, chocolate, polenta, milanesas hechas y hacia las barreras del acceso que lleva a la ruta 3 fuimos a la hora mencionada.
Mi hermano y yo la acompañamos sin comprender todavía demasiado. Ella fue cantando la marcha peronista hasta llegar al lugar, despotricando contra Galtieri y llorando. Llorando mucho.
Esa tarde se había corrido la voz que el tren no paraba en Juárez, así que para obligarlo a aminorar la marcha muchas personas se habían subido a las vías en el primer paso a nivel frente a la cancha del Club Juarense agitando sábanas blancas.
Toda esa gente aplaudió a los soldados que se asomaban por las puertas de los vagones de carga, que estiraban el brazo para que una mano tibia les acariciara la palma fría de las suyas. Frías. Temblorosas.
Setecientos metros después, el tren atravesó la ruta a paso de hombre y entonces mi mamá al grito de ¡fuerza chicos! les alcanzaba los víveres como podía mientras nosotros mirábamos. Mi hermano desde el asiento delantero del Fiat que como los autos de los demás, mantenía las luces bajas prendidas; yo desde unos metros detrás de mamá. Inmóvil. Conmovido.
En mi memoria, aquellas horas se apoyan sobre el Himno Nacional que no se si el pueblo realmente cantó o es puro anhelo desmedido de aquellos trece años míos. Sólo tengo nítida la imágen de chicos 6 años mas grandes que yo, envueltos en enormes trajes verdes con sus caras enmarcadas en holgados cascos pesados, tan pesados como la tristeza. Tan pesados como la soledad.
Ese pequeño lapso de tiempo de aquella madrugada todavía pasa por mi cabeza, como aquel tren a paso de hombre, llevando hacia la muerte (en muchos casos) chicos adolescentes como ganado, en cada uno de sus oscuros vagones de carga.

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